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DIÁSPORA
Por JULIO T. CABELLO


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La ciudad que progresa

06.04.2012
03:08 PM


Trabajo en un lugar (como tantas veces me ha sorprendido la vida ya) en el que nunca me imaginé trabajaría. Lo había tenido muy cerca por diez años, pero la verdad escasamente lo había transitado. Puede que no tuviera mucho que buscar acá o, más bien, que mi inconsciente lo hubiese evitado por temor, porque podría perderme (las direcciones son distintas aquí que en Miami Dade) o porque de lejos se huele, y es famoso, que su antropología cultural, es decir, el aspecto que da el comportamiento de su gente, su manera de ser, es ajeno a lo que en el resto de Miami se respira.
Pero ahora sé cómo es esta realidad, para bien y para mal. Venir a trabajar a Hialeah es como ir todos los días a La Yaguara. Esta es una zona que, aun siendo una ciudad donde vive mucha gente, luce mayoritariamente industrial, el sol resplandece más que en otros lugares (mucho decir por estos lares) y uno tiene la sensación de que todo es polvoriento.
Mi carro, por ejemplo, lo estaciono en una parking de piedritas y tierra. Y a escasas cuadras de mi centro de trabajo está un llegadero/estacionamiento de vagones del metro y de trenes que atraviesan la ciudad y/o van a otras ciudades.
Pero no se confíen del romanticismo de esa imagen. Hialeah es un suburbio con mayúsculas. Hace años, en mi primer trabajo formal en esta ciudad, trabajaba en la oficina una muchacha salvadoreña que me decía que ella nunca se mudaría de aquí, porque aquí vivía buena gente. La recuerdo por lo mucho que le gustaba JLo, por las rumbas que se pegaba y por lo escandalosa y simpática que era, a pesar de haber crecido en "Estados Unidos".
Hace años no la veo, pero ahora entiendo por qué ella era como era y por qué no le gustaba salir de aquí. Sin superpoblación y con todos los servicios, Hialeah, bautizada por los Seminoles con un nombre de su lengua que etimológicamente significa Sabanas altas, tiene la proporción de cornetas y gente que grita con mayor promedio en decibeles que haya experimentado desde que vivo aquí.
En la calle, nadie, absolutamente nadie, se dirige a ti en inglés, y en los restaurantes, las meseras te tratan de mi amor o de cariño, tardan horas en atenderte o te cuentan que van a atrasarse porque la caja registradora hoy está dañada. Pero no importa tanto, aquí estar apurado no es un gran problema.
Además, se come muy buen y fresco pescado, como casi en ningún otro lugar de estos predios, aunque parezca raro, hay talleres mecánicos en abundancia, puedes ver a gentes sin camisa por la calle y, si te fijas en los comercios en general, te llevarás sorpresas.
Hay decenas, y quién quita que centenares de moteles en Hialeah. No sé si es que la gente es muy candente por acá, o que de otros lugares vienen a pasar desapercibidos. Y, para más aromas, quedan aquí, flagrantes y visibles desde las vías principales, las sedes más importantes de dos cadenas populares del sur de Florida: "ñó qué barato" y "ñó qué cache", dos tiendas básicamente de ropa y dirigidas, sobra decirlo, al público cubano.
Fundada en 1921 sobre lo que aún eran las cercanías a los Everglades y vecino a las orillas del Miami River, Hialeah fue por décadas celebrada por su Hipódromo, al que vinieron personalidades como Winston Churchill, Frank Sinatra, John F. Kennedy y Harry Truman. Ese histórico centro fue recientemente renovado y reabierto, por cierto.
Pero aquel exótico lugar del olvidado sur del país al que sólo algunos elegidos visitaban es hoy otra cosa. Es Hialeah según el último censo la ciudad de Estados Unidos donde más personas que residen en ella tienen por lengua una distinta al inglés. El 92 por ciento de los residentes de esta ciudad hablan el español como primer idioma y, claro, cómo no iba a ser de otra manera.
Es por eso, obvio, que éste es el período en que más español y menos inglés he hablado en 10 años viviendo en estas geografías. Y hay, en ese panorama, otros intríngulis. Es también el ambiente más permisivo, menos rígido y más impredecible que haya respirado en una década (y disculpen los eufemismos). Lo cual paradójicamente, o más bien exactamente por eso, produce un escenario permanentemente y potencialmente desordenado, pero, ojo, también más amable y menos estresante.
Tengo la impresión de que en Hialeah abunda la gente que viene de la cuenca del Caribe, bien sea eso una isla o tierra firme. Además de muchos cubanos hay numerosos puertorriqueños, dominicanos, guatemaltecos, salvadoreños y colombianos.
Después de pasado el trauma visual y la carretera traerme todos los días aquí, y haberme acostumbrado, empieza a gustarme. En las calles huele a comida. Es como un barrio, todo parece que lo tuvieran que pintar urgentemente. Pero el mundo luce más relajado, sonríe un poco más y vive con la idea de estar dentro de una gran potencia y de mejorar. El slogan de esta ciudad lo dice todo. Hialeah -no me atrevo a afirmar cifras pero presumo que sus índices de pobreza son altos en comparación con otros lugares de Florida-, se apellida "la ciudad que progresa". No resume todo esa frase ilusionada, tercermundista y de buenos propósitos, que mientras espera el futuro la pasa bien?



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Julio T. Cabello

juliotupaccabello@gmail.com

Pocos sentidos reales tiene la vida. Debe ser por eso que nos esmeramos en contarla, a ver si los multiplicamos. Estar fuera de Venezuela hace más complicado contarse: si ya las piezas estaban incompletas, estando afuera el rompecabezas luce aún más difícil de ordenar (aunque quien quita: de lejos siempre se enfría la cabeza). Me propongo contar un cuento difícil desde un posición difícil, desde la diáspora. A fin de cuentas... a quién le importan los relatos fáciles.




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