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DIÁSPORA
Por JULIO T. CABELLO


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Muchos Pereiras

02.04.2012
01:12 PM


Un hombre que parecía mediocre y gris fue un día puesto a prueba por su propia inquietud. Mientras un régimen militarista y totalitario lo esperaba al final, no del túnel, sino de la boca del lobo. El hombre, que era periodista, sólo supo que podía ser el preludio de un gran cambio el día que se armó de valor para publicar lo que, según le habían impuesto y él se había autoimpuesto por comodidad, era impublicable.

El hombre mandó al demonio la literatura clásica y el duelo de viudez en los que se escudaba para evadir la terrible realidad que le tocaba. Fue valiente y audaz, y ahí en realidad comenzó todo.

La historia de Pereira, Sostiene Pereira, pasó de mano en mano por la redacciones venezolanas en la década de los noventas, y formaba parte del universo simbólico de códigos que los periodistas emergentes de la época habitaban.

No pensaron que 15 años más tarde estarían viéndose en un espejo. Para aquellos días, queríamos ser mejores, simplemente. Leer buena prosa, textos que nos hicieran cuestionar y cuestionarnos, contrastar verdades y militancias, construir un discurso propio.

Llegó a mis manos del maletín de Javier Conde, para entonces primer jefe de Redacción de la Revista Primicia, quien en sus días a menudo se inspiraba en los primeros párrafos del libro para lograr un ritmo y una eficacia en su comunicación que sólo los que compartíamos su secreto podíamos descubrir.

Era una prosa apacible y sombría, que de apoco se iba iluminando al pasar de sus páginas, se llenaba de miedo, de un impulso inaguantable y de incertidumbre. Y todo aquello ocurría en la recreación de un hombre vetusto, gracias a una pluma que, como contraparte, no dejaba de ser lúdica y melodiosa.

Era el retrato de una dictadura que no habíamos vivido. Y la epopeya de un hombre mediano, que no había nacido para ser un héroe, sino que vivía la vida que le había tocado. Pero eran unos tiempos que no pueden traducirse a los nuestros.

O al menos no a los periodistas que hemos tenido. Quizás en parte por la lectura, discusión y análisis de textos como Sostiene Pereira, cuyo autor terminó siendo el especialista más importante que haya tenido la obra de Pessoa. Los reporteros, investigadores y acuciosos periodistas que vivieron con fervor la llegada de aquella novela a nuestras redacciones no han tenido dudas en tratar de diseccionar la metamórfica realidad que les ha tocado retratar, atestiguar y explicar a sus lectores, poniendo en tela de juicio sus conceptos y los que vende el poder y su antónimo con tal de que la verdad, al menos, tenga varios puntos de vista, aunque eso, de antemano, signifique un riesgo, un señalamiento y, al menos, el odio.

La generación de periodistas que entonces vio nacer e furor de la www, se endeudaba con los libros que Brasesco extendía en las esquinas de las redacciones y deconstruía los mitos del pasado, la oscuridad de aquel presente y la promesa de horror del futuro, desde entonces no ha cesado en cuestionar, que es su oficio, toda verdad que luzca absoluta, sea sospechosa de pretender mentir, o plasma, sin querer o queriendo, solo uno de los lados dela balanza, aunque el que más nos guste.

Alonso Moleiro, Angel Bermudez, Máximo Peña, Luis Martínez, Rafael Ocío, Sandra Lafuente, Lucía Lacurcia, Victoria Blanco, Victoria Pulido, Tamoa Calzadilla, María Jesús Montes, Domenico Chiape, Ramón Navarro y Fabricio Ojeda formaban parte de todo un momento noventero, el momento Pereira, en el que se discutía de los clásicos y las nuevas tecnologías, se desmitificaba lo aspiracional y las categorías liberales o izquierdistas y en el que, en cualquier bar del centro de Caracas (periodistas que trabajan en El Universal, en El Nacional de Puerto Escondido o en El Globo), en las tascas de La Candelaria o en el desaparecido bailadero El Sabor, nos devanábamos entre citas, sospechas y puntos de vista para lograr diagnosticar el engañoso panorama que nos tocaba.

De alguna manera, el tiempo preparaba sus propios anticuerpos frente a la engañosa hegemonía que se avecinaría con los años por llegar.

Éramos, en todo caso, como descubriría el mismo Pereria, no muchas almas, sino muchas almas que a su vez eran muchas almas con una predominante, o con una predominante de acuerdo al tiempo, añadiría yo, según al cambio que cada uno de nosotros va dando con él.

Ahora Tabucchi se muere y resulta difícil descifrar el dolor que uno siente por la partida de aquel italiano que por amor a Portugal se mudó a Lisboa, se hizo un inalcanzable especialista en Pessoa y, a pesar de su magnífica obra, estaba contento con que lo identificaran como profesor universitario, sin mayores distingos.

Era ése, de alguna manera, un gesto de Pereira, el de un hombre que vivía sin pretensiones pero que de ser citado acudía a la cita. Y quizás sean así también, de alguna forma, los muchos periodistas que en Venezuela, en lugar de jugar a la polarización y al heroísmo, arriesgan mucho por descubrir lo que hay detrás de la superficie, cuestionan hasta sus propias creencias y no se dejan engañar por las apariencias ni de sus propios gustos, con tal de vivir la vida que se propusieron. Muchos Pereiras.

 



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Julio T. Cabello

juliotupaccabello@gmail.com

Pocos sentidos reales tiene la vida. Debe ser por eso que nos esmeramos en contarla, a ver si los multiplicamos. Estar fuera de Venezuela hace más complicado contarse: si ya las piezas estaban incompletas, estando afuera el rompecabezas luce aún más difícil de ordenar (aunque quien quita: de lejos siempre se enfría la cabeza). Me propongo contar un cuento difícil desde un posición difícil, desde la diáspora. A fin de cuentas... a quién le importan los relatos fáciles.




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