CARACAS, domingo 25 de octubre, 2009 | Actualizado hace
25.10.2009
07:40 PM
Lo que menos ha tenido relevancia en la decisión sobre el Sambil de La Candelaria, es lo que piense la comunidad, en particular sus vecinos más cercanos. Ese pueblo que sufrirá o disfrutará de las consecuencias o ventajas de la construcción que ocupa una cuadra entera. Al que han llamado, "el centro comercial y de entretenimiento más grande del centro de la ciudad".
Desde mediados de diciembre pasado, cuando el presidente Chávez anunció de manera sorpresiva que el Sambil de La Candelaria "no va" y propuso que en su lugar funcione una clínica o una universidad, han transcurrido más de once meses, y en todo ese tiempo no se realizó ni una reunión o consulta con la gente, a pesar de que los vecinos se reunieron insistentemente y recogieron más de 11 mil firmas solicitando ser escuchados. Tampoco se realizó un referendo o las mesas de trabajo que, pocos días después de hablar Chávez, prometiera el alcalde de Libertador, Jorge Rodríguez. Ni siquiera el alcalde Antonio Ledezma, que hizo de este tema una bandera los primeros días de enero, fue constante en acompañar a los vecinos en su lucha. Ellos se quedaron solos, con la compañía de los pocos obreros que no querían perder sus trabajos.
La decisión que anunció el viernes pasado la jefa del gobierno del Distrito Capital, Jacqueline Farías, se tomó puertas adentro, al mejor estilo de la llamada Cuarta República. Y por las declaraciones que ofreció el principal interesado, Alfredo Cohen, director de la Constructora Sambil, se puede sospechar que hubo alguna negociación o acuerdo con los empresarios.
Y es que ahora, el Sambil – que ya no se llamará así, ni siquiera sabemos si se llamará "centro comercial"- seguirá siendo lo que era (un centro con tiendas comerciales) sólo que además brindará su centro de convenciones con capacidad para 2 mil personas, sus 10 salas de cine y sus 4.257 metros cuadrados de oficinas, para el uso exclusivo del gobierno. Como si no fueran pocos los espacios ya expropiados a la cultura (recuerden el Ateneo y otras salas de teatro, además del uso intensivo que se le da al Teresa Carreño y al poliedro) el gobierno toma ahora el emblema del capitalismo, un centro comercial, para apropiarse del corazón donde ocurren los negocios y el intercambio cultural, de lo que ahora son estas plazas cubiertas a las que acuden en masa los caraqueños.
La contradicción a la que se enfrenta el gobierno es la convivencia con este extraño híbrido: el Sambil podrá cambiar de nombre, pero seguirá siendo un centro comercial. Y probablemente la gente lo seguirá llamando "el Sambil". Allí ocurrirán encuentros del Psuv, se graduarán misiones impulsadas por el gobierno, se proyectarán películas que exaltarán al llamado socialismo del siglo XXI, y luego la gente que allí estuvo o participó, saldrá impulsada a satisfacer su sed de consumo en las tiendas de los pisos subsiguientes.En el fondo, es algo contra lo que no puede luchar nadie, ni siquiera este gobierno que parece tan poderoso: cada revolucionario alberga dentro de sí a un propietario de algo, que sueña con tener un capital, que lucha por lograr cumplir con el ideal de surgir como individuo y destacarse de entre la masa.
Esta motivación también es cultivada en las altas esferas. Por ello es que no se consultó a la gente. No hay intención real en este gobierno de entender qué desean los venezolanos y de hacer todo lo posible por satisfacer sus necesidades. Mucho menos de sacrificarse por el pueblo. Si de verdad importara el tráfico, la contaminación, el consumo de luz o agua, sería otro el debate y los vecinos habrían tenido otro papel en esta historia.
Ya veremos qué pasa con los vecinos de La Candelaria cuando la presencia del presidente Chávez en el nuevo centro de convenciones, obligue a cerrar las calles, llene de guardias sus edificios, elimine por ese día los puestos de estacionamiento y llene la zona de vendedores y buhoneros de íconos socialistas. Entonces, pocos recordarán que la causa que llevó a salir del centro comercial fue el tráfico, y todos tendremos muy claro su verdadera razón: la de ocupar cada vez más espacios de vida civil para dirigirla bajo la mirada única del gobierno.
Por ello, no hubo consulta a los vecinos y nunca existió la intención de hacerla.
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