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Posición Adelantada
Por: TULIO CASAL
 
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11-07-2006 | 03:55 PM |

Zidane en 110 minutos
(Foto Efe)


La final del Mundial Alemania 2006 no sólo sirvió para coronar a Italia como campeón del mundo.  Pues ese día,  un grande, uno de esos futbolistas que marcan épocas estaba jugando su último partido como profesional.

Zinedine Zidane, el elegante jugador francés nacido en Marsella, revivió en el estadio Olímpico de Berlín, su carrera de 17 años. Resumió en  una película de 110 minutos su vida como futbolista.

Saboreó en los primeros minutos las mieles del triunfo con un penal convertido a su manera, un toque suave, certero, con elegancia, frialdad y clase. La procesión iba por dentro. No hace falta haber pisado un campo de fútbol, para saber que marcar en una final de un campeonato mundial es de lo más grande que le puede pasar a un futbolista.

Paseó por la cancha con el misticismo que lo caracteriza. Con su particular estilo, sus movimientos y su dominio de la pelota que combina con una plasticidad única.

Dejó su silueta marcada en la grama del estadio, de tantas veces que cayó, víctima del adversario que no lo dejaba acercarse al custodiado arco italiano.

Sintió el esfuerzo físico al caer lesionado, con el hombro aparentemente dislocado tras un choque con otro grande, Fabio Cannavaro. No había maldad en aquella jugada, fue una de esas denominadas acciones de juego.  Pero regresó ya con el hombro en su lugar y siguió buscando el triunfo, y estuvo cerca de conseguirlo: Un cabezazo que buscaba el gol fue desviado por la mano del mejor portero del mundo, Gianluigi Buffon.

Sus pases, siempre al pié de su compañero, hicieron daño a una defensa, que como muy pocas veces, se vio vulnerable.

Pero la película no estaba completa. La vida de todo futbolista y de cualquier ser humano, diría yo, también tiene momentos oscuros, de pérdida de control, de euforia incontrolable. Y ahí estaba Marco Materazzi, que pudo haber sido cualquier otro, el nombre es lo de menos, para llevar a Zizou a defender su orgullo con un cabezazo, a saltarse las reglas establecidas del balompié, para dejarle claro al mundo que es un hombre como cualquier otro, que se equivoca y que incluso puede errar en los momentos cruciales.

Con el nombre de Zidane sobre el número 10 que llevaba en la espalda,  el "Mago" dejó atrás la Copa del Mundo que ya había obtenido hace ocho años y bajó al lugar donde los jugadores se sienten más humanos, donde no son ídolos, donde pueden escuchar su voz. El reloj marcaba el minuto 110.



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