La final del Mundial Alemania 2006 no sólo sirvió
para coronar a Italia como campeón del mundo. Pues
ese día, un grande, uno de esos futbolistas que
marcan épocas estaba jugando su último partido como
profesional.
Zinedine Zidane, el elegante jugador francés nacido
en Marsella, revivió en el estadio Olímpico de Berlín,
su carrera de 17 años. Resumió en una
película de 110 minutos su vida como futbolista.
Saboreó en los primeros minutos las mieles del triunfo
con un penal convertido a su manera, un toque suave, certero,
con elegancia, frialdad y clase. La procesión iba por
dentro. No hace falta haber pisado un campo de fútbol,
para saber que marcar en una final de un campeonato mundial
es de lo más grande que le puede pasar a un futbolista.
Paseó por la cancha con el misticismo que lo caracteriza.
Con su particular estilo, sus movimientos y su dominio de
la pelota que combina con una plasticidad única.
Dejó su silueta marcada en la grama del estadio, de
tantas veces que cayó, víctima del adversario que
no lo dejaba acercarse al custodiado arco italiano.
Sintió el esfuerzo físico al caer lesionado, con
el hombro aparentemente dislocado tras un choque con otro
grande, Fabio Cannavaro. No había maldad en aquella jugada,
fue una de esas denominadas acciones de juego. Pero
regresó ya con el hombro en su lugar y siguió buscando
el triunfo, y estuvo cerca de conseguirlo: Un cabezazo que
buscaba el gol fue desviado por la mano del mejor portero
del mundo, Gianluigi Buffon.
Sus pases, siempre al pié de su compañero, hicieron
daño a una defensa, que como muy pocas veces, se vio
vulnerable.
Pero la película no estaba completa. La vida de todo
futbolista y de cualquier ser humano, diría yo, también
tiene momentos oscuros, de pérdida de control, de euforia
incontrolable. Y ahí estaba Marco Materazzi, que pudo
haber sido cualquier otro, el nombre es lo de menos, para
llevar a Zizou a defender su orgullo con un cabezazo, a saltarse
las reglas establecidas del balompié, para dejarle claro
al mundo que es un hombre como cualquier otro, que se equivoca
y que incluso puede errar en los momentos cruciales.
Con el nombre de Zidane sobre el número 10 que llevaba
en la espalda, el "Mago" dejó atrás la Copa
del Mundo que ya había obtenido hace ocho años y
bajó al lugar donde los jugadores se sienten más
humanos, donde no son ídolos, donde pueden escuchar su
voz. El reloj marcaba el minuto 110.